martes, septiembre 13

Rojos


 
          Nací en una dictadura y viví 22 años bajo su yugo. No suelo contar historias de aquella época, ni siquiera a mis hijos, por no sentirme como el típico abuelo batallitas, y también porque no es algo que me guste recordar. Entendedme, no es que lo pasara fatal, como el prota de una peli neorrealista; me crié en el seno de una familia de clase media-alta, tuve un montón de privilegios, nunca me detuvo ni pegó la policía, nunca me encarcelaron. Además, al menos durante la primera mitad de esos 22 años, por ser un niño, no tuve claro lo que era una dictadura. Pero al llegar a la adolescencia, aparte de pelos en la cara me creció la conciencia social. Franco era un hijo de puta, y la sociedad española de finales de los 60 y comienzos de los 70 una mierda, un pozo de mediocridad, arbitrariedad y paletismo. Aquello era insoportable.

          Por aquel entonces, a finales del franquismo, todos los partidos políticos, a excepción de la Falange, eran dos cosas: A) Clandestinos y B) Marxistas. Durante los últimos años de la dictadura florecieron un montón de grupúsculos políticos: la LCR (Liga Comunista Revolucionaria), el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota), el PCE m-l (Partido Comunista de España marxista-leninista), la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores), el PTE (Partido de los Trabajadores de España)... y muchos más, todos marxistas (incluyendo al por entonces casi inexistente PSOE). Algunos, la mayoría, miraban hacia Rusia; otros lo hacían hacia Cuba y el movimiento revolucionario sudamericano; y también los había maoistas, como el FRAP, grupo con el que tuve una peculiar relación. Pero el partido clandestino por excelencia, el mayoritario, el más y mejor implantado, era el PCE, el Partido Comunista de Santiago Carrillo.

          Sin embargo, aunque todas mis simpatías estaban con aquellos grupos clandestinos, no veía nada claro eso del comunismo. En primer lugar, porque el comunismo propone como forma de gobierno la “dictadura del proletariado”; y, vamos a ver, ¿por qué iba a desear cambiar una dictadura fascista por otra marxista? Lo que yo quería era ninguna dictadura, no un mero cambio de apellidos.

          En segundo lugar, ¿el comunismo funcionaba? Es decir, ¿esa ideología podía generar sociedades estables y funcionales? Los ejemplos con que contaba por aquel entonces invitaban al desánimo. Todos los regímenes comunistas se habían convertido en dictaduras; pero no proletarias, sino absolutamente personalistas (Stalin, Mao, Pol Pot, Ceaucescu, Tito, Castro, etc.). Y no estoy hablando de dictaduras paternalistas, sino de auténticos regímenes de terror, como demuestran las matanzas stalinistas, los jemeres rojos o la Revolución Cultural.

          En cuanto a la economía, la cosa no iba mejor. Todos los regímenes comunistas, sin excepción, sumieron a sus sociedades en la pobreza. Es cierto que la mayoría de los países que adoptaron el comunismo eran ya de por sí pobres, pero también es verdad que ninguno logró salir de la miseria aupado por el marxismo. Rusia, por ejemplo, jamás consiguió cumplir ninguno de sus famosos “planes quinquenales”. De hecho, para alimentar a sus ciudadanos tenía que comprarle trigo a Estados Unidos. La Unión Soviética se derrumbó porque su economía se colapsaba, sobre todo al intentar seguir la carrera armamentística de USA. En resumen: la economía dirigida no funciona.

          No obstante, allá por los 60 nada de esto estaba tan claro. La censura y el hermetismo de los regímenes comunistas impedía que se conociera la realidad de esas sociedades, mientras la propaganda oficial alimentaba la imagen del paraíso socialista. Además, toda la izquierda de occidente había adoptado el marxismo, y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

          Pero los hechos acabaron imponiéndose. En agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para acabar con las medidas liberalizadoras surgidas de la llamada Primavera de Praga. Y la izquierda occidental se quedó con el culo al aire. De repente, la Madre Rusia ya no era tan maternal.

          Luego... En fin, luego sucedieron muchas cosas. Entre ellas, que la verdadera historia de los países comunistas comenzó a salir a la luz. El propio PCUS acabó reconociendo las atrocidades de Stalin, y lo mismo sucedió en China con los desmanes de la Revolución Cultural. De repente, el paraíso socialista comenzó a oler a azufre.

          Finalmente, llegó la perestroika, cayó el muro de Berlín, se liquidó la Unión Soviética y los regímenes comunistas se fueron disolviendo, uno a uno, como azucarillos. De hecho, hoy en día sólo quedan cuatro países comunistas: China, Corea del Norte, Vietnam y Cuba (y convengamos que el de China es un comunismo bien raro).

          Recuerdo que a comienzos de los 90 estaba convencido de que el comunismo era una ideología muerta y enterrada. Incluso me daban un poco de penita los viejos dinosaurios del PCE, anclados en un tiempo que, en realidad, nunca existió. Sí, el comunismo se había convertido en un fósil, en una reliquia del pasado, en una idea puesta a prueba, fracasada y desechada.

          Al menos eso creía yo, porque ahora, de repente, me encuentro con una serie de políticos jóvenes –“la nueva política”- que se confiesan, más o menos orgullosamente, comunistas. ¿Cómo es posible? Porque no se trata de una discusión teórica, sino simplemente de leer la historia. Si todos los regímenes comunistas habidos hasta ahora han fracasado, ¿por qué iba a triunfar uno nuevo? Es que todos los intentos anteriores se hicieron mal, dicen, todos se apartaron de la ortodoxia y traicionaron a la revolución. Pero ellos lo harían bien, forjarían el auténtico comunismo.

          No es cierto. No hay forma de conseguir que el comunismo funcione, porque el comunismo parte de planteamientos equivocados. Buenas intenciones, idealismo, pero poco que ver con la realidad. Todos los países comunistas han derivado en totalitarismos, todos han rendido culto a la personalidad, todos han cometido atrocidades, todos han anulado la iniciativa privada, todos han reprimido las libertades. Y esto ha sido así porque todo ello forma parte consustancial del comunismo.

          Sin embargo, los nuevos políticos (o, al menos, algunos de ellos) se declaran comunistas, como si la historia del mundo acabara de empezar. Supongo que viven en un universo platónico, en una caverna de las ideas donde jamás consentirían que la realidad les estropease una buena teoría.

          O quizá sea más sencillo: se es comunista por un acto de fe. Eso situaría el comunismo en el apartado que le corresponde, el de las religiones. Una religión atea, pero religión en cualquier caso.

viernes, septiembre 2

Liberación


 
          ¿Ha sido éste el peor verano de mi vida? Probablemente. Al menos, no recuerdo ningún otro más chungo. Eso de romperse la cadera es una mala idea; no lo hagáis. Porque, ¡zas!, te pegas una costalada y de repente tu vida se reduce, se empequeñece, se estrecha. Yo, que me creía el rey del mundo, he visto mi imperio limitado a la superficie de mi hogar. E incluso en mi propia casa he topado con regiones inaccesibles, como por ejemplo la parte superior del frigorífico, imposible de alcanzar desde una silla de ruedas.

          Qué gran verdad es eso de que sólo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos. No le damos importancia a caminar, ni siquiera pensamos en ello; sencillamente, lo hacemos. Pero un día, como eres gilipollas, vas y te fracturas la cadera, y entonces comprendes que cada vez que damos un paso deberíamos entonar un himno de gratitud:

          ¡Gracias te voy a dar,
          oh divino hacedor,
          por poder caminar
          sin usar andador!

          Porque eso es lo que hago ahora, amigos míos: camino ayudado por un maldito andador, como una abuelita. El gran César, el tonante César, transformado en una versión achacosa de Maggie Smith. Estoy por comprarme un gato y una toquilla...

          En fin, que sí, que vale, que estoy mejor, ya me duele menos (salvo en las sesiones de rehabilitación, que me hacen mucha pupita), la fractura ha soldado bien y poco a poco voy recuperando movilidad, así que dentro de  un par de meses podré volver a bailar claqué. Pero me he quedado sin vacaciones y sin verano, coño. Desde este púlpito le advierto al fatum que está en deuda conmigo.

          No obstante, pese a mi maltrecha cadera, este verano ha ocurrido un suceso portentoso, algo que marcará mi vida para siempre jamás. Veréis, mi hijo Pablo, que está haciendo un master en Barcelona, ha venido a pasar el verano en casa. Pablo es tan bibliómano como yo, pero mucho más ordenado, y un día me arrancó la promesa de permitirle poner orden en mis librerías, Y eso es lo que hemos hecho: ordenar y expurgar dos de mis librerías: la enorme del salón y una de las dos de mi despacho (sólo ligeramente menos enorme).

          El resultado final: me he deshecho de veintitantas cajas llenas de libros, más de mil quinientos tomos. Al principio creía que se me iba a partir el corazón al desprenderme de mis adorados libritos, pero no, qué va; lo que he experimentado ha sido... liberación.

          Los bibliómanos (¿o bibliópatas?) somos como barcos. Y los barcos, ya lo sabéis, tienen que ir periódicamente al dique seco para que les raspen el casco, porque mientras están en el agua se les van adhiriendo moluscos, algas y toda suerte de bichos. Bueno, pues con los bibliómanos pasa lo mismo, solo que en vez de mejillones y lapas, se nos adhieren libros.

          Mientras revisaba mis librerías –cosa que no hacía, al menos a fondo, desde hace más de veinte años-, he descubierto la enorme cantidad de libros que tenía sin tener ningún motivo para tenerlos. Libros que ya había leído y no pensaba volver a leer, libros que no me gustaron, libros cuyo tema me interesó en algún momento, pero ya no, libros que ni dios sabe por qué los compré... Esos libros no hacían más que ocupar espacio y acumular polvo, pero yo los guardaba porque... bueno, porque soy un capullo.

          Pero ya está, he roto las cadenas (gracias a Pablo, justo es reconocerlo). Ahora ya no hay montones de libros sobre el suelo, y mi mesilla de noche ya no está atestada. Pero lo más importante es que ahora, si compro un libro, sé dónde ponerlo, ¡porque hay huecos libres en las librerías!

          Cielo santo, qué placer, qué liberación...

          Ahora sólo falta hacer lo mismo con mi colección de ciencia ficción. ¿Me atreveré? No sé, no sé... Hay tantos sentimientos entrelazados con esa colección, tanta dedicación, tantos recuerdos... Se me parte el corazón sólo de pensarlo... Sería como desprenderse de un hijo...

          ¿Veis cómo estoy loco?

 

miércoles, agosto 10

El perro



          Ayer recordé una cosa. En 2009 escribí El juego de los herejes, la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo. Cuando acabé el primer borrador y lo releí, advertí un error. Había escrito una introducción que no tenía nada que ver con el argumento de la novela. Era un pegote, así que lo eliminé. Pero no lo tiré.

          Porque esa introducción contenía una historia con principio y con final. Era un relato corto, un cuento. Lo archivé y durante siete años me olvidé del asunto. Hasta ayer, que, ignoro la razón, me vino a la cabeza. Pues bien, ya que no estoy para escribir muchas entradas, ¿por qué no colgar esa historia en el blog? Dicho y hecho: Voilà l'histoire.

          Pero antes, para aquellos que no sepan nada de Carmen Hidalgo, esto es lo que escribí hace años en Babel: “(...) Entonces se me ocurrió algo: ¿qué pasaría si mezcláramos a Almodóvar con Raymond Chandler? Y así, de pronto, surgió Carmen Hidalgo. Carmen, una mujer de clase media-media, ni guapa ni fea, tiene 35 años y estudió Derecho, aunque practicó poco tiempo esa profesión, pues se casó muy joven con Gonzalo, un ex-policía que montó, y puso a su nombre, una pequeña agencia de detectives, y que luego la engañó, estafó y abandonó. Así que Carmen se vio obligada a sacar adelante un negocio cargado de deudas junto con el que luego será su socio, un ex-ladrón de unos 60 años llamado Hermenegildo Astray, también conocido como Hermes entre sus amigos y como Dosdedos por el mundo del hampa. Carmen vive sola, tiene un concepto entre escéptico y filosófico de la existencia, y hace gala de un irónico sentido del humor. Esa es su parte chandleriana. Y luego está la faceta almodovariana: su familia. Porque Carmen tiene una familia enorme, desmesurada: ocho hermanos, dieciséis tíos, tropecientos primos, cuñados, sobrinos... un grupo de gente bastante folclórico, como por ejemplo su madre, doña Gloria, una mujer entrometida y mandona de la que Carmen procura mantenerse lo más alejada posible”.

          Como al principio la historia era una introducción, no tenía título. La he llamado El perro por razones obvias. Espero que os guste; pero si no es así recordad, como siempre digo, que es gratis.
 
 
           El Perro
           Una historia de Carmen Hidalgo
 
          Me llamo Carmen Hidalgo. Si te dijera a qué me dedico, si te confesara que soy un sabueso de alquiler, probablemente alzarías las cejas y me contemplarías con una mezcla de incredulidad, sorpresa e interés; al menos, eso es lo que la gente suele hacer. La ceja derecha la alzarías a causa de mi trabajo, con escepticismo, porque eso de “detective privado” suena irreal, un oficio literario cuya existencia cotidiana resulta, cuando menos, dudosa. La ceja izquierda la alzarías por mi sexo. ¿Una mujer detective privado? Venga, eso es demasiado; que un hombre se dedique a investigar por cuenta ajena ya es bastante raro, pero ¿una tía?... eso, sencillamente, es pasarse. Por último, superadas la incredulidad y la sorpresa, tu rostro se iluminaría con una expresión de interés; lo cual se debería, no lo dudes, a todas las novelas negras que has leído, a todas las películas policíacas que te has tragado mientras comías palomitas y le dabas sorbos a una Coca Cola mediante una pajita a rayas blancas y rojas. Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Harper, Mike Hammer, Easy Rawlins, Charlie Parker, Pepe Carvalho... toda esa literatura, toda esa mitología, ha consolidado en tu mente la idea de que un detective privado debe de tener una vida apasionante, una existencia llena de riesgos, aventuras y emociones...
 
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viernes, agosto 5

Los mejores planes...


 
          Si esto fuera un auténtico blog, una bitácora de verdad, o sea, un diario donde narro lo que hago y lo que me pasa, entonces haría semanas que os lo habría contado. Pero Babel, en general, no va de eso, aquí no suelo contar mi día a día, y sobre todo, procuro no hablar de las cosas malas que me ocurren. Pero ya mucha gente sabe lo que me ha pasado, así que os lo contaré.

          Como sabéis, el pasado 7 de julio me fui de vacaciones con Pepa, my wife. Tras detenernos brevemente en San Sebastián, pasaríamos unos días en Estella (Navarra), después otro poquito en Santander, y luego iríamos a Gijón, invitado por la Semana Negra, para concluir en Avilés, donde nos reuniríamos con nuestro hijo, Pablo y disfrutaríamos del Festival Celsius.

          Pero, como decía Robert Burns: Los planes mejor trazados de ratones y hombres / se tuercen a menudo / no dejándonos sino dolor y tristeza / en vez del prometido gozo.

          El nueve de enero, apenas dos días después de iniciar las vacaciones, estábamos en un hotel de Estella, el Tximista, construido, en plan moderno, en una antigua fábrica de harinas. Me levanté por la mañanita y abrí la ducha, dispuesto a proceder a mi ritual de aseo. Pero... Las habitaciones tienen las duchas con el plato justo a ras del suelo del cuarto de baño. Eso implicaría contar con un sumidero que tragase agua a toda velocidad. Lamentablemente, no es así, y en cuanto abres la ducha, el baño se inunda.

          Resumiendo: Aguardé a que el agua saliera caliente, con lo cual el baño comenzó a encharcarse. Me dispuse a entrar, pisé el charco que se había formado, resbalé, caí mal... y me fracturé la cadera. Me operaron al día siguiente en el hospital de Estella (ahora tengo un hierro en la pata). Una semana después me trasladaron a Madrid en una ambulancia. Ahora escribo esto sentado en una silla de ruedas, porque durante mes y medio no puedo pisar con la pierna chunga. Ay.

          Tranquilos, estoy bien. La operación fue un éxito, el hueso se está soldando primorosamente, mi familia –sobre todo Pepa- me cuida como a un pachá, alquilamos una moderna silla de ruedas eléctrica y tengo bastante autonomía, no me duele demasiado, me estoy viendo las siete temporadas de Hijos de la Anarquía y leyendo el Seveneves de Neal Stephenson, mis amigos me visitan con frecuencia. No me aburro (como solía decirles a mis hijos cuando eran pequeños: sólo se aburren los tontos). Lo único malo es la inmovilidad y la posterior rehabilitación. Nada grave, aunque sí coñazo.

          Pero hay un problema: Quería dedicar el mes de agosto a seguir escribiendo la segunda parte de La estrategia del parásito, cosa que en principio podría hacer tranquilamente. Pero, veréis, yo escribo al tacto; es decir, usando los diez dedos (nueve en realidad) y sin mirar el teclado. Eso implica que tengo que tener las manos en una posición determinada, siempre la misma. Lo malo es que los brazo de la silla de ruedas están muy altos y muy cercanos al cuerpo, lo cual me obliga a colocar las manos en una posición distinta, demasiado angulada. Y cometo errores cada dos por tres, lo cual no solo me hace bramar, sino que además me retrasa. Así que no creo que escriba muchas entradas durante el mes de agosto. Espero que cuando pueda pasar a mi silla de trabajo habitual recupere el ritmo.

          Entre tanto, feliz verano, merodeadores. Y no os preocupéis por mí; estoy bien, Besitos.

miércoles, julio 6

Periplo estival



            Queridos merodeadores de Babel: Este año voy a adelantar un poco mi periplo estival, que en esta ocasión transitará por tierras patrias. Por la auténtica patria, pardiez, porque Asturias es España y el resto, en fin, territorios reconquistados. El caso es que me han invitado a participar en la Semana Negra, así que a partir del 13 de julio me tendréis en Gijón junto a mi querida wife, la simpar y encantadora Pepa Álvarez. Antes nos daremos un garbeo por San Sebastián, Navarra y Santander.

            Luego, a la semana siguiente, a partir del 20, iremos a Avilés, donde nos reunimos con nuestro hijo Pablo, para asistir al Festival Celsius. Estuvimos el año pasado y disfrutamos tanto que hemos decidido repetir. Así que, como veis, vacaciones norteñas y frikis.

            Si queréis verme, ya sabéis por dónde voy a andar. Y si estáis hartos de mí –pasa mucho, no os culpo-, felicidades porque me vais a perder de vista un tiempo. Pero a cambio, en agosto volveré a dar la vara.

            Amigas, amigos, felices vacaciones.
 
 

martes, julio 5

Miscelánea política


            Los acontecimientos políticos de las últimas semanas requieren una sesuda y profunda interpretación. A falta de alguien inteligente que la haga, aquí van mis opiniones al respecto:

            Partido Popular. Lo que más me jode de los resultados obtenidos por el PP es que demuestran que Rajoy tenía razón. Su táctica era la acertada, no hacer nada, dejar pudrir la situación, quedarse ahí, paralizado, con cara de conejo deslumbrado por los faros de un coche. Al final resulta que el listo era él y nosotros los tontos.

            No importa la corrupción que, ya está claro, era y es consustancial al partido, no importa el progresivo desmantelamiento del estado del bienestar, no importan los recortes en derechos sociales, no importa el uso partidista del aparato del estado, no importan las mentiras, no importa el desmesurado aumento de la deuda pública, no importa la destrucción de los derechos laborales, no importa el incremento de la desigualdad... no, nada de eso importa. Votaremos al PP, ahora y siempre, porque: A) Pertenecemos a una clase elevada con gran poder económico, y la derecha defiende mejor nuestros intereses (vale, eso lo entiendo). B) Ehhh... Vamos a ver, al PP le han votado 7.906.185 personas. Está claro que en España no hay, ni remotamente, 7.906.185 ricos, así que la mayor parte de esos votantes son de clase media y baja. ¿Por qué esa gente, claros damnificados por las políticas del PP, le votan? Sólo se me ocurre una respuesta, pero no sería diplomático decirla.

            Podemos (Unidos Podemos). Es gracioso; los sabios de Podemos ya han dictaminado la causa de que su victoriosa coalición haya perdido más de un millón de votos: la campaña del miedo. Es decir, que la culpa ha sido de los votantes, que son unos caguetas, pero no de los líderes de la formación, que son listísimos.

            No, no, no, los bandazos ideológicos no tienen nada que ver. Ahora soy transversal, ni de izquierdas ni de derechas; ahora soy bolivariano y chavista; no, espera, soy comunista. ¿Y un poco peronista? Por qué no, si nadie sabe lo que es eso. Ojo, que también soy nacionalista. Ah, un momento, he tenido una revelación: lo que en realidad soy es, tachán, ¡socialdemócrata! Y para probarlo me alío con el PC y rindo sentidos homenajes a prestigiosos socialdemócratas como Julio Anguita o Arnaldo Otegi. ¿Quién en su sano juicio podría afirmar que esa ensalada ideológica ha tenido algo que ver con el tropiezo electoral de Podemos?

            Como evidentemente nada tiene que ver con eso la personalidad de su líder, que si quisiera aparcar el ego necesitaría un hangar de la NASA. Por amor del cielo, ¿para practicar el populismo es necesario ser tan cursi y tan melifluo? Unidos Podemos. La sonrisa de un país. ¿La sonrisa? ¿En serio?... No te jode, para sonrisitas estamos ahora.

            Genial, Pablo, genial. Impides un gobierno alternativo al del PP y fuerzas una repetición de las elecciones, para dar un buen sorpasso, adelantar al PSOE y convertirte en el partido dominante de la izquierda, y después forzar a los socialistas a que te apoyen para ser presidente de gobierno, y luego, con lo que hayas obtenido al vender la leche, comprarás una vaca, fabricarás quesos, y comprarás más vacas...

            Ciudadanos. Siempre he pensado que uno de los problemas de nuestro país era que todo el espectro de la derecha estaba concentrado en un solo partido. Por eso celebré la aparición de Ciudadanos, una derecha civilizada y moderna que quizá pudiera sustituir a los dinosaurios del PP. Desgraciadamente, el “voto útil” ha segado la hierba bajo los pies de Rivera.

            ¿Qué tiene de útil ese voto?, me pregunto. Votar al mal para cerrarle el paso a lo que consideras otro mal, lo mires como lo mires, es pactar con el demonio.

            PSOE. Hoy por hoy es un partido desunido y sin ideas, una formación anquilosada que es incapaz de conectar con las capas más jóvenes de la sociedad. Creo sinceramente que Pedro Sánchez no lo ha hecho tan mal... aunque también creo que no es un político de fuste. Pero, ¿hay algún socialista de fuste? La mejor colocada internamente es Susana Díaz, que es una populista de mierda. Si ella toma la riendas, el PSOE acabará convirtiéndose en un partido regionalista andaluz. Igual que el resto de las socialdemocracias europeas, la nuestra anda más perdida que un skinhead en unos juegos florales.

            Los votantes. Hay muchos tópicos acerca de los votantes. Por ejemplo: “Los votantes quieren que haya pactos”. Mentira; cada votante quiere que su opción gane por mayoría absoluta; lo de los pactos es un accidente estadístico. Otro ejemplo: “Los votantes nunca se equivocan”. No, claro; los alemanes no se equivocaron ni un pelo al votar en 1933 al NSDAP...

            Casi ocho millones de personas han votado a un partido corrupto hasta la médula. Pero quien vota a corruptos, a sabiendas de que lo son, ¿no se convierte en cómplice de la corrupción? Si los demócratas no castigan a los que ejercen la política como una forma de delincuencia, ¿son realmente demócratas? La democracia es, en un 99 %, ética; si los votantes no son éticos, la democracia se convierte en una burla. ¿Voto del miedo? No, voto de la vergüenza.

            Algo más de cinco millones de personas han votado a Unidos Podemos. Es el voto del hartazgo y del cabreo. Los votantes de Podemos son, en gran parte, jóvenes urbanos con buena formación académica. Es decir, aquellos a los que se les ha hurtado el futuro, los más maltratados por la crisis. Quieren un cambio, pero no tienen un modelo hacia el que cambiar. Su voto es un voto a la contra, un voto indignado. ¿Sirve eso para construir algo? Y si es así, ¿qué? ¿Alguien lo sabe? Esos cinco millones de votantes se merecen algo mejor.

            Los ingleses. Siempre me gustaron los ingleses, siempre me fascinó Inglaterra. Creo que eso se debe a que mi primer gran mito literario, cuando era un crío, fueron las historias de Guillermo Brown. Adoro a los narradores ingleses, a sus humoristas, me gusta la cultura de ese país, su música, su cine, su mitología...

            Pero algo se está torciendo en mi interior últimamente. Hace tres años me invitaron a visitar Eton, quizá el colegio más exclusivo del mundo. Fue fascinante y, al tiempo, estremecedor. Aquello era una especie de sociedad secreta de privilegiados, un criadero de amos del universo. El año pasado Pepa y yo recorrimos Irlanda, y descubrimos sobre el terreno las muchas y terribles atrocidades que los ingleses cometieron allí. Y así, poco a poco, mis sentimientos hacia los ingleses han ido cambiando. Sigo amando a la Inglaterra literaria, pero la Inglaterra real... en fin.

            Y ahora los muy capullos votan salir de la Unión Europea. Por miedo a los emigrantes y porque les resulta imposible aceptar que ya no son un imperio. En su ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Allegro ma non troppo), Carlo M. Cipolla afirma que el grado máximo de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los demás y le daña a él mismo. En tal caso, David Cameron es uno de los gilipollas más grandes de la historia. Y los que votaron el brexit también.

           

lunes, junio 13

Tsundoku



            Sabes que hay un problema en el interior de tu cabeza cuando no solo haces algo absurdo, sino que además descubres que ese acto absurdo tiene nombre. Estás loco y, además, clasificado.

            Eso me sucedió el otro día charlando con mi hijo pequeño, Pablo. ¿Os he hablado de él? Tiene 25 años y es quizá el joven más culto que conozco. Además es enorme; mide 1’98 de altura y es fornido como un leñador canadiense. Según dice todo el mundo, se parece mucho a mí.

            Pablo, lector voraz, posee una sorprendente y extensa cultura, así que con frecuencia se convierte en una fuente de datos curiosos. Actualmente vive en Barcelona, donde está acabando un máster en gestión cultural. El caso es que la otra semana vino a Madrid para pasar unos días de vacaciones. Pues bien, estábamos los dos sentados en mi desordenado despacho, sobre cuyo suelo se alzan varias pilas de libros cuando, de pronto, Pablo se fijó en uno de los montones y dijo:

            -Pero si esos son los libros que te compraste en Navidad...

            No se refería a la pasada Navidad, sino a la anterior, la de hace año y medio. En efecto, ahí estaban (y están) los libros que compré, amontonados y sin leer. Pablo me miró, sonriente, y comentó:

            -¿Sabes que en japonés hay una palabra para definir lo que tú haces?: Tsundoku. Significa comprar libros para luego amontonarlos y no leerlos.

            Qué cabrones los japoneses de los cojones, pensé. Me han pillado, anillado y catalogado. Aunque, por otro lado, me sentí menos solo, porque si a algo le ponen nombre eso significa que se trata de un fenómeno compartido. Otra cosa es si formar parte de una tribu de pirados constituye un buen motivo para enorgullecerse o, tan siquiera, consolarse.

            Bien, en descargo diré que mi sobreabundante compra de libros se debió, en parte, a lo que podríamos llamar “automatismo irreflexivo”. Veréis, hace, digamos, treinta años, yo leía muchas más novelas que ensayos. Pero eso fue cambiando poco a poco y, al cabo de un tiempo la situación se invirtió. Por desgracia no me di cuenta, y seguí comprando novelas por puro automatismo, como si las leyese al mismo ritmo que antes. Además, suelo leer tres o cuatro ensayos al tiempo, pero sólo una novela a la vez, así que los textos de ficción fueron acumulándose, vírgenes, en los estantes de mis librerías.

            Afortunadamente, hace cinco años inicié una dieta libresca y reduje al máximo la ingesta de proteínas de ficción. Pero el daño ya estaba hecho, con mi casa llena de michelines literarios. Pero eso es otra historia. El caso es que al tener que afrontar de forma científica una dieta libresca, no me quedó más remedio que analizar el impacto de los libros sobre mí a la hora de comprar, o haberlos comprado. No me refiero a los libros por su calidad, ni por su temática, ni por si son ficción o no, sencillamente los clasifico en base a la impresión que me producen, por los motivos que sean. Lo he reducido a diez categorías (mira qué bien, un decálogo).

            1. Libros espasmódicos.- Son aquellos que me interesan tanto que no solo los compro nada más verlos, sino que además me pongo a leerlos al instante, abandonando todo lo que tenía entre manos. Luego a lo mejor los dejo a las cincuenta páginas, pero de entrada me atrapan.

            2. Libros imperiosos.- Me interesan mucho y los compro, pero sigo leyendo lo que estaba leyendo y pongo la nueva adquisición en la “pila de los pendientes inmediatos”. Pero luego puede que ponga otro encima, y luego otro...

            3. Libros categóricos.- Los compro porque tengo que comprarlos, porque me gusta su autor, o porque me interesa el tema, o porque me han hablado bien de ellos, pero realmente no tengo mucho interés en leerlos. Esos libros son firmes candidatos al tsundoku.

            4. Libros insinuantes.- Los veo en las librerías, me llaman la atención, los hojeo, dudo, y no los compro. Luego, más adelante, vuelvo a verlos, y los muy cabrones se contonean lascivamente ante mí, tentándome, y yo intento resistirme... y a veces lo consigo, y a veces no. Cuando caigo en la concupiscencia literaria y los compro, o los leo al instante o me cabreo y los condeno al olvido.

            5. Libros curiosos.- Son libros que no sirven para nada y que jamás voy a leer,  pero que son tan raros y absurdos que me fascinan. Escogiendo al azar unos pocos ejemplos de mi biblioteca: Cómo construir una bomba nuclear (y otras armas de destrucción masiva), de Frank Barnaby. Manual de ofensas y desafíos, de Eusebio Yñiguez. O ¿De quién es esta mierda? Guía de bolsillo para identificar las heces, de Matt Pagett. ¡Por amor del cielo, cómo no voy a comprar un libro que enseña a distinguir las cagadas de toda suerte de bichos, desde un águila hasta un wombat! Vale, no tengo ni idea de qué es un wombat, pero sé cómo caga. Acabo de ver una foto.

            6. Libros nopierdasoportunitas.- Vas y ves un libro que, en principio, no te interesa. Pero barruntas que en un futuro puede llegar a interesarte, o a serte útil; no estás seguro, pero quién sabe... Por otro lado, eres consciente de que ese libro, igual que ocurre con la mayoría de los libros, desaparecerá de las librerías dentro de, como mucho, un par de meses, luego se descatalogará y no volverás a verlo en tu vida. ¿Qué haces? Pues comprar el puñetero libro nopierdasoportunitas y tsundokuarlo.

            7. Libros documentalistas.- Es una variante de lo anterior, pero aplicada a escritores. Como novelista, debo con frecuencia documentarme sobre un sinfín de cosas. Y muchos de esos temas de documentación son repetitivos, así que tengo libros que, eventualmente, los solucionan. Por ejemplo, atlas histórico-geográficos; historias de la moda, los muebles, las armas, la arquitectura o el diseño, enciclopedias del ejército, el espionaje o las artes marciales, un Tratado de Castellología, una historia de la máquinas, otra de la artesanía, manuales de supervivencia, de arqueología o cetrería, una enciclopedia de juegos, La edad de oro de las diligencias, El lenguaje de las flores... La mayor parte de esos libros solo los habré consultado una o dos veces en mi vida. Algunos nunca. Pero me viene bien tenerlos.

            8. Libros coleccionables.- El ejemplo perfecto es mi colección de ciencia ficción. Comencé a hacerla cuando tenía 13 años y la dejé unos 30 años después. Tengo varios miles de volúmenes; hace tiempo que renuncié a saber cuántos. Bueno, pues aunque llevo más de veinte años sin coleccionar cf, suelo comprar de cuando en cuando algún que otro libro del género, aún a sabiendas de que no voy a leerlo. Supongo que para no dar del todo por muerta a mi colección. En cualquier caso, la mayor parte de esa colección es un enorme tsundoku. Lo malo es que no solo se trata de cf; también colecciono (¿acumulo?) libros de escritores sobre técnica literaria, ensayos sobre cómics o diccionarios raros.

            9. Libros incomprensibles.- También llamados Libros P.Q.C.H.C.E. (¿Por Qué Cojones Habré Comprado Esto?). Son esos libros que te encuentras en tu librería, que recuerdas vagamente haber comprado, pero que no te interesan un pijo. Estás seguro de que hubo un motivo para comprarlos, pero ¿cuál?

            10. Libros nonepossibiles.- Un día los encuentras perdidos en alguno de tus estantes y exclamas horrorizado: “¡Yo no puedo haber comprado esto! Me lo tienen que haber regalado...”. En efecto, no solo no recuerdas haber comprado ese libro, sino que no concibes que en algún momento, por muy obnubilado que estuvieses, tuvieras el más mínimo interés en comprarlo. Suelen regalarme libros. Por ejemplo, tengo por ahí una enorme biografía de Franco que no sé de dónde leches habrá salido. Pero no me deshago de ella, así de enfermo estoy.

            Supongo que habrá más categorías, pero contemplando simplemente éstas, lo que me extraña es no tener aún más libros en casa. Aunque también habría que analizar las causas primarias que conducen al tsundoku. Pero eso en otra ocasión.

            Ahora lo que me pregunto es si el tsundoku no es más que una variante ilustrada del Síndrome de Diógenes. Si es así, me temo que debería ir a urgencias, pero ya.