martes, junio 20

Carta a los antitaurinos tontos del culo




          Dos aclaraciones previas: 1º Soy absolutamente antitaurino. Me repugna y me cabrea esa bárbara “fiesta” que dicen “nacional”. 2º La mayor parte de los antitaurinos son gente decente y sensible, pero los hay (una minoría, espero) que rezuman estupidez. A ellos me dirijo.

          Hace poco, ha muerto el torero Iván Fandiño en Francia a causa de una cogida. Y como viene siendo habitual, han proliferado en las redes (a)sociales mensajes descerebrados alegrándose de esa muerte. Un asesino menos, decían algunos.

          Veréis, en el universo no existe moral ni justicia. Las cosas no son ni malas ni buenas; sencillamente son o no son. Hace sesenta y cinco millones de años un asteroide hizo carambola con la Tierra y se cargó a todos los dinosaurios. Y al universo le dio igual. Como le daría igual que se murieran todos los toros del planeta o, si vamos a eso, todos los humanos, toreros o no.

          Los conceptos de “bien” y “mal”, la ética, la hemos creado los seres humanos; no es algo que venga escrito en las leyes de la naturaleza. Los humanos decidimos darnos derechos a nosotros mismos y también definimos lo que es bueno y lo que es malo. Y el eje de esa moral es el ser humano. Conforme nos vamos civilizando, ampliamos nuestra ética e incluimos en ella a lo que no es humano. Por ejemplo, decidimos que los animales tienen derecho a no ser maltratados. Pero, ojo, los animales no tienen ningún derecho per se; si lo tienen es porque nosotros, los humanos, se lo concedemos.

          ¿Está claro? Bien, pues como la moral la hemos creado nosotros, situándonos en el fiel de la balanza, resulta que no hay nada más sagrado que la vida humana. Incluso la vida del hombre más execrable debe ser respetada; por eso nos oponemos a la barbarie de la pena de muerte. Pues bien, desde una moral humanista, la vida de una persona, incluyendo a los toreros, vale más que la de todos los toros del mundo. Así de claro, y cualquier otra alternativa no es más que mierda fundamentalista.

          De lo que no os dais cuenta, panda de bobos, es que la primera gran inmoralidad del toreo reside en que una persona se juegue la vida, o cuando menos la integridad física, para divertir a otros. Y la segunda gran inmoralidad, claro, es basar un espectáculo en la tortura y muerte de un animal. Pero por ese orden.

          Ahora dejémonos de filosofías. ¿No os dais cuenta de que cada vez que os alegráis por la muerte de un torero estáis echando mierda sobre el movimiento antiraurino y desacreditando a quienes defendemos los derechos de los animales? Porque alegrarse de la muerte de una persona, situar la vida de un animal por encima de la de un ser humano, suena fatal. Es horrible, una actitud propia de fanáticos. Y no todos los antitaurinos somos así.

          Además, capullos, tampoco os dais cuenta de que la muerte de un torero es precisamente un argumento de lo más contundente para criticar las corridas. En vez de alegraros, deberíais hacer pública vuestra indignación porque esa fiesta bárbara se haya cobrado una vida humana más. Pero no, je-je, ha ganado el toro, se ha hecho justicia, qué chachi...

          ¿Sabéis lo que pienso? Que no sois animalistas por convicción; que lo sois por moda, o porque os ha dado la ventolera, o porque lo habéis visto en facebook, pero desde luego no por ética ni porque le hayáis dedicado al asunto un solo minuto de reflexión. Diría que sois mala gente, si no fuese porque en realidad creo que sois tontos.

          Así pues, la próxima vez que muera un torero, o un niño que aspire a serlo, nada impide que os alegréis por dentro; pero, aunque sólo sea por estética, hacedme el favor de tener la puta boca cerrada. Gracias.

          Ah, y por supuesto: Prohibición de los espectáculos taurinos YA.

lunes, mayo 29

Adicciones


 
          Durante una parte de mi vida, digamos que entre los 18 y los 30 años, fui un gran bebedor. De vez en cuando hacía descansos etílicos y me tiraba unos meses sin probar el alcohol, pero en general bebía mucho. Cuando contaba alrededor de treinta años, mi vida sentimental se alborotó demencialmente y me produjo un severo estrés, lo que me llevó a beber más de lo usual. Bebía por la mañana, bebía por la tarde y bebía por la noche. Estaba borracho la mayor parte del tiempo.

          Pasados unos meses, la tormenta amorosa en la que estaba inmerso se calmó y decidí dejar un tiempo la bebida. Pero, para mi sorpresa y consternación, me resultó difícil dejar de beber. Por primera vez en mi vida me causaba desazón estar sobrio. Aquello, estar volviéndome adicto al alcohol, me asustó, me acojonó tanto que no tarde mucho en convertirme en el casi-abstemio que ahora soy.

          Muchos años más tarde, a principios de los 90, yo estaba pasando por otra mala racha emocional; ya no soportaba mi trabajo en publicidad y el estrés me carcomía. Entonces empecé a hacer compras sin sentido; compraba sobre todo libros que no me interesaban y discos que no pensaba oír. En realidad, lo hacía por la satisfacción instantánea que me causa el hecho de comprar, por el chute de dopamina que me narcotizaba durante unos minutos. Me empecé a convertir en un adicto a las compras. Luego, cuando dejé la publicidad y el estrés se desvaneció, se acabaron las compras compulsivas (salvo en lo que respecta a los libros, pero eso es otra historia).

          A lo largo del tiempo, he comprobado que la mayor parte de la gente es adicta a algo, aunque no se dé cuenta. Un amigo mío es adicto al amor; necesita estar enamorado para chutarse dopamina. Otro amigo era adicto al póker (hasta que las deudas lo sepultaron). Un par de conocidos fueron adictos a la heroína. La madre de una amiga era adicta al Optalidón. Otro conocido era cocainómano. Se da el caso incluso de un gran amigo que poseía lo que podría denominarse una “personalidad adictiva”. Era adicto al juego, a la bolsa, a la cocaína, al café con leche (sic), a las chicas jóvenes...

          Desde hace unos años he visto nacer y crecer una nueva adicción: a los teléfonos móviles. O, mejor dicho, a las redes sociales. La gente se pasa horas en las redes y consulta constantemente el móvil (150 veces al día de promedio, según Oracle Marketing Cloud). La verdad es que no lo entendía, hasta que abrí un perfil en Facebook. La cosa es así: cuando escribimos un comentario o colgamos una foto y recibimos un like, experimentamos un breve chute de dopamina; cuantos más likes, más chutes, y si nos comparten, pues eso, chutazo. En realidad, cada vez que consultamos el móvil hacemos lo mismo que un yonqui preparando la jeringuilla. (No lo he dicho, pero supongo que sabéis que la dopamina es el neurotransmisor que activa las áreas de placer del cerebro).

          La cuestión es que yo me preguntaba cómo era posible que tanta gente fuera adicta a tantas y tan variadas formas de droga (cocaína, heroína, alcohol, pero también amor, religión, juego, sexo, móviles...). Al final, llegué a la conclusión de que existía un componente proclive a la adicción en la naturaleza humana. Pero hace poco leí un artículo que cambió mi punto de vista.

          Trataba sobre las investigaciones de Bruce Alexander -un psicólogo de Vancouver- sobre la adicción. La idea que tenemos acerca de ese asunto proviene de unos experimentos realizados a principios del siglo XX. Consistían en lo siguiente: Se cogía una rata de laboratorio, se la metía en una jaula y se le ofrecían dos fuentes de agua: una con agua normal y la otra con agua mezclada con alguna droga (cocaína o heroína). Al cabo de un tiempo, la rata empezaba a beber sólo del agua drogada, cada vez más, hasta que moría de sobredosis. De esto se dedujo que había sustancias tan poderosamente adictivas que, una vez probadas, eran incontrolables.

          Pues bien, Alexander advirtió que había algo erróneo en ese experimento. Se cogía una rata, se la apartaba de sus congéneres y se la encerraba en una pequeña jaula sin ninguna distracción. Eso no era un entorno natural. Así que decidió repetir el experimento, pero con una variante. Construyó una gran jaula a la que llamó Parque de Ratas. Había mucho espacio, muchas ratas, muchos elementos de distracción (bolas, túneles, ruedas...) y la más sabrosa comida para ratas.

          Luego, puso las dos fuentes de agua, una normal y otra drogada, y observó lo que pasaba. ¿Y qué pasó? Pues que al principio las ratas bebían indistintamente de un fuente u otra; pero luego, poco a poco, las ratas dejaron de consumir el agua drogada y pasaron a beber sólo el agua limpia. Y ni una sola rata murió de sobredosis.

          Conclusión: El factor desencadenante de la adicción no era la droga. Era la jaula.

          Por tanto, amigos míos, si algún día descubrimos en nosotros mismos una conducta adictiva, quizá lo primero que deberíamos preguntarnos es en qué clase de jaula estamos encerrados.
 
 

domingo, mayo 21

Cuando la ciencia enloquece...



          Como todos sabéis –lo confesé en una reciente entrada-, mi gran ambición en esta vida es convertirme en un mad doctor y hacer todo tipo de tropelías, como apoderarme de (o destruir) el mundo. De hecho, creo que reúno las condiciones necesarias para ello, salvo por el pequeño detalle de que no estoy doctorado en nada. Tengo el físico adecuado: soy muy grande, con el cráneo rapado, luzco barba de mormón y desprendo un aire avieso. Fallan los ojos, que son azules y deberían ser negros como las tinieblas; pero eso se soluciona con unas lentillas. En cuanto a mi intelecto, me paso la vida imaginando ideas extravagantes, lo que no puede ser más adecuado para la dedicación a la que me refiero. Pero no hablemos de mí, sino de vosotros.

          ¿Os habéis preguntado de dónde sale el arquetipo del científico loco? ¿O qué significa? ¿O en cuántas clases se subdividen los mad doctors? ¿O si ha habido científicos locos en la vida real?  ¿O cuál fue el primero?

          Eso último es sencillo: El primer científico loco de la historia fue Víctor Frankenstein, protagonista de la novela que tiene por título su apellido, de Mary Shelley. No os podéis ni imaginar lo importante y germinal que fue esa novela. De entrada, es la primera novela de ciencia ficción. Además, el primer mad doctor de la historia. Y por último, presenta el primer hombre sintético generado por la ciencia. Si eso no es germinal, que venga Cthulhu y lo vea.

          Por otro lado tenemos las circunstancias que dieron origen a la novela. Mary Shelley y su marido Percy Bysshe Shelley viajan a Suiza, donde habían sido invitados a pasar el verano en la residencia de su amigo Lord Byron, Villa Diodati, junto al lago de Ginebra. Eso ocurrió en 1816, el famoso año sin verano, pues el cielo del planeta se había oscurecido a causa de las cenizas proyectadas por la explosión del volcán Tambora en Indonesia. ¿Os podéis imaginar un escenario más sugestivo y, a la vez, inquietante? En el transcurso de aquel encuentro, Byron les propuso a los Shelley,  y a su médico personal John Polidori, que cada uno escribiera una historia de terror. Sólo dos de ellos, Mary Shelley y Polidori, completaron sus relatos. Y así surgieron dos grandes mitos de la cultura popular: Frankenstein y el vampiro.

          ¿No os gustaría saber más sobre el asunto? ¿No os apetece revolcaros en el fango de la alta cultura friki? ¿No os seduce la idea de paladear el embriagador vino del romanticismo siniestro? ¿No os embelesa la posibilidad de codearos durante unos días con un grupo de personas extravagantes, locas y encantadoras (como, por ejemplo, yo)? Seguro que sí, pues en caso contrario no leeríais este blog.

          Bueno, pues estáis de suerte, porque, del 3 al 7 de julio, en los Cursos de Verano del Escorial,  el gran Ricard Ruiz Garzón va a dirigir el curso LOS ESPEJOS DEL MONSTRUO: 200 AÑOS DE 'FRANKENSTEIN'. En el evento participarán el propio Ricard, Sergi Viciana, Elia Barceló, Luis Alberto de Cuenca, Lisa Tuttle, Ian Watson, Sofía Rhei, Gonzalo Suarez, Fernando Marías, Cristina Macía, Alejo Cuervo, Jesús Palacios y mucha gente interesante más.

          Entre ellos, este vuestro seguro servidor, que el día 3, a las 12:00, dará una conferencia titulada Cuando la ciencia enloquece: la figura del 'mad doctor' en el género fantástico. Y luego, a las 16:00, participará en una mesa redonda titulada El milagro de Mary Shelley, junto a Ricard, Sergi, Luis Alberto y Elia. ¿Os lo vais a perder? No seáis mendrugos; valdrá la pena asistir a ese curso. Además, ¿acaso no sois amantes de la fantasía, la ciencia ficción y el terror? Pues bien, si el curso tiene éxito en un futuro habrás más dedicados a esos géneros de nuestras entretelas. Coño, inscribíos, que más triste es robar que pedir...

          Echadle un vistazo al programa del curso pinchando AQUÍ
 
 

lunes, mayo 1

Adiós, cariño


         
 

          Hoy estoy triste, muy triste. Fuera, más allá de la ventana, la mañana era soleada en Madrid; pero dentro, en mi interior, llovía mansamente y hacía frío. Mi corazón no está aquí, sino a 624 kilómetros de distancia, en Barcelona.

          Se llamaba María Luisa Lafuente; era la ahijada de mi padre, José Mallorquí y, a su vez, era mi madrina –y su marido, José María Gispert, mi padrino-. También era una de las mujeres más buenas, sensibles e inteligentes que he conocido. Murió esta madrugada. Hoy, a media mañana, me ha telefoneado mi padrino para decírmelo. Llevo horas llorando.

          Lo más terrible de todo es que ésta es la segunda vez que muere, porque hace años contrajo la terrible, la injusta, la abominable  enfermedad del olvido, y su mente comenzó a disolverse como una voluta de humo en medio de un vendaval. La última vez que hablé con ella por teléfono, hace ya muchos años, estoy seguro de que no me reconoció. Simuló que sí, pero no, no sabía quién era yo. Lo noté, entre otras cosas, porque no me saludó como siempre lo hacía, no me dijo: Hola, cariño.

          Más tarde, poco a poco, dejó de conocer, dejó de hablar, dejó de estar.  Una vez fui a Barcelona y comí con mi padrino y sus hijas. Después, me invitaron a subir a la casa familiar para ver a María Luisa, pero rehusé. No podía soportar verla así. Más tarde, de regreso a Madrid, me di de bofetadas y me llamé a mí mismo cobarde y gilipollas, que es lo que era (y supongo que soy). La siguiente vez que estuve en Barcelona, fui a verla. Ella ya no estaba allí, era un fantasma, un eco. Y que precisamente María Luisa, una mujer tan sensible, culta e inteligente, tuviera aquel destino, me pareció tan injusto que derramé lágrimas en las que se mezclaban la desolación y la rabia. A veces me gustaría creer en dios para poder odiarlo.

          Sin embargo, la siguiente vez que visité a María Luisa presencié algo que me desconcertó.  Mi madrina, ajena a todo, movía una mano como si siguiera los compases de una melodía. Era como si en el interior de lo que quedaba de su mente hubiera una orquesta tocando sólo para ella. Esta mañana mi padrino me ha dicho que María Luisa ha muerto dulcemente, “como una vela que se extingue”. Quiero creerlo así, quiero creer que mi querida madrina ha muerto sin dolor ni angustia, con una sinfonía en la cabeza.

          Hoy lo he recordado: cada vez que María Luisa me telefoneaba su saludo inicial era un dulce “hola cariño”. Y luego hablábamos mucho rato. Ella siempre me animó a escribir. Me decía: “Tú serás escritor”, incluso cuando yo trabajaba en publicidad y ni se me pasaba por la cabeza dedicarme a la literatura. “Tú serás escritor”... Al final tuvo razón; me conocía mejor que yo mismo.

          Esta madrugada ha muerto María Luisa Lafuente, mi madrina, mi amiga, mi segunda madre. Los que no la conocisteis no os podéis hacer una idea de lo maravillosa que era. Pensad en algo muy hermoso, extraordinariamente bello; pues así era ella, por dentro y por fuera. Ahora se ha ido, y el mundo es un poquito menos luminoso, pero deja muchas cosas buenas tras de sí. Está su marido, José María, mi padrino, un hombre excelente, y están sus tres maravillosos hijos, Emma, Mireia y Oriol, y un puñado de nietos y biznietos. Y su recuerdo.

          Ya es por la tarde, y llevo un rato evocando algo que sucedió hace mucho tiempo, cuando yo tenía quince o dieciséis años. Es una tontería, pero no sé por qué me parece importante. La primera vez que probé la pizza fue en Barcelona. María Luisa me invitó. Creo que es bonito recordar la primera vez que hiciste algo y con quién estabas. Una tontería, ya os lo he dicho…

          Supongo que la vida es una constante despedida, y que el tiempo acaba quitándote todo lo que amas. En fin... Gracias María Luisa, querida madrina, por todo lo bueno que me diste, incluyendo la pizza. Nunca te olvidaré.

          Adiós, cariño...

lunes, abril 10

Publicar



Aún recuerdo la primera vez que publiqué algo; yo tenía quince años y gané un concurso de relatos de cf promovido por una revista de divulgación científica. Fui al quiosco, vi mi cuento impreso y regresé a casa dando, literalmente, saltos de alegría. Pocas cosas en la vida me han hecho tanta ilusión. Más adelante, cuando con diecisiete años empecé a colaborar con La Codorniz, me quedaba mirando con orgullo mis artículos impresos, satisfecho de mí mismo.

Esa es la gran ambición de todo aspirante a escritor: publicar, publicar algo, lo que sea, un folleto, un artículo, un cuento o, como máxima expresión de la gloria, un libro. Es lógico. No solo se trata de poder presumir ante los demás en plan, mira qué libro tan bonito, acarícialo, huélelo, dale un lametazo. ¿A que es una maravilla? Pues lo he hecho yo solito. Tampoco es únicamente el justo deseo, que todo creador alberga, de que su obra esté al alcance de cuantos más mejor. En realidad se trata de algo más importante: publicar tu primer libro es como cruzar un portal que te traslada a otra dimensión. Porque, vamos a ver, ¿cuándo puede alguien afirmar, sin ruborizarse, que es escritor? Pues cuando publica su primer libro. Ese es el rito de tránsito que te convierte en algo distinto (y mejor) de lo que eras. Es como el enclenque Billy Watson diciendo ¡Shazam! y transformándose en el superpoderoso Capitán Marvel.

Vale, es psicológicamente comprensible. Lo que los aspirantes a autor suelen ignorar es que eso, publicar un libro, no es más que la primera valla que un escritor debe sortear en lo que sólo puede describirse como una larga carrera de obstáculos. De hecho, publicar un libro puede –y suele- no significar absolutamente nada.

En fin, estoy hablando del proceso normal de edición. Mandas tu manuscrito a una editorial, te lo aceptan (o no), firmas un contrato, trabajas el texto con un editor y finalmente se publica en rutilante papel. Pero hay otras formas de edición. Por ejemplo la coedición. Es decir, vas a una editorial con tu novela y la editorial se compromete a publicarla. Pero tú pagarás la mitad de los costes de edición. A cambio, la editorial se compromete a corregirla, imprimirla, distribuirla y promocionarla.

Qué bonito, ¿verdad? No te van a decir que no; publicarán cualquier cosa que hayas escrito. El único problema es que la mayoría de las editoriales de coedición son un timo (y no digo la totalidad por respeto a la duda filosófica). Porque, veréis, lo más probable es que la editorial coeditora edite tu libro (si es que lo edita) gastando sólo una parte de la mitad que has pagado. O sea, que no arriesgará ni un céntimo. Por supuesto, no habrá prácticamente ninguna corrección del texto. La distribución (si es que la hay) será en dos o tres librerías de barrio. En cuanto a la promoción, habrá un par de presentaciones de la novela, en la que se venderán (a tus familiares y amigos) los únicos ejemplares que vas a vender de esa edición (cuyo importe se quedará la editorial, claro). Por supuesto, despídete de recibir derechos de autor.

          Otra variante es la autoedición. Es decir, publicas tú mismo tu novela. En Internet, que sale gratis. Vale, suena muy bien, pero tiene un problema: ¿Os hacéis una idea de cuántas novelas autoeditadas hay en la Red? No tengo ni idea, pero deben de ser cientos de miles. ¿Y cuántos saben algo de ellas, aparte de sus autores?

          Hace poco asistí a una charla sobre esto en feisbuc. La conclusión a la que se llegó es que es muy distinta la autoedición de un autor  ya conocido en el circuito mainstream, por decirlo así, que el caso de un desconocido que se edita a sí mismo porque nadie más quiere hacerlo. El primer autor ofrece ciertas garantías; sabes lo que ha escrito, has leído entrevistas y críticas, conoces su trayectoria... Mientras que del segundo autor lo único que sabes es que está desesperado por publicar.

          Esa es la cuestión: ciertas garantías. El año pasado se publicaron en España más de ochenta mil títulos. ¿Cómo puedes orientarte ante esa desmesurada oferta? ¿Cómo sabes cuáles son adecuados para ti y cuáles no? Hay diversos medios, claro. Uno de ellos es las garantías que te ofrezca la editorial. Por ejemplo, no me fio ni un pelo de los libros que edita Planeta, pero sí de los que edita Anagrama (o editaba la Minotauro de Porrúa). Eso no significa que me vayan a gustar todos los libros de Anagrama, pero sí que esos libros tendrán cierta sintonía con mi sensibilidad y, por supuesto, calidad.

          Esa precisamente es una de las funciones de las editoriales: filtrar los textos, eliminar los infumables y publicar sólo los que consideren adecuados. Pero, un momento, ¿qué es eso?... Ah, ya suenan airadas voces clamando: “¡Qué filtros ni qué hostias, con la cantidad de mierdas que se publican!”. Responderé por partes: 1 Evidentemente, hay malos editores, igual que hay malos escritores o malos lectores. 2 Incluso los mejores editores pueden meter la pata. 3 Aunque te sorprenda, “No me gusta” no es sinónimo de “Es malo”. 4 Las editoriales son empresas cuyo fin último es -¡oh cielos, qué terrible revelación!- ganar pasta. Si la gente compra El Código Da Vinci, se jartarán de publicar códigos da vincis, y si lo que se consume  son las Sombras de Grey, se pondrán ciegos de sombras (qué bonita imagen, ¿verdad?). 5 Hay gente para todo. Algunos son lectores exquisitos, como tú, mientras que otros preferirían una exploración anal antes que leer alta literatura. Por eso hay tantas clases de libros. ¿Cómo, que abundan los malos? Claro, pero recuerda la Ley de Sturgeon. 6 Por último, cuando digo que las editoriales –los editores- filtran la mierda, no sabéis hasta qué punto soy literal.

          A las editoriales llegan toneladas de manuscritos enviados por autores nóveles ávidos de publicar su primera novela. Ahora bien, si han mandado su original se supone que lo consideran bueno, un texto digno de competir con el catálogo de cualquier editorial. Pues, en fin, no os podéis ni imaginar los textos que envía la gente, ni haceros una idea de hasta qué punto la autocrítica es una virtud escasa. No estoy hablando sólo de historias adocenadas, con personajes de cartón piedra, diálogos encorsetados y descripciones toscas. No, qué va, es mucho peor.

          Hace años, estuve en una editorial que acababa de fallar un premio literario, así que había decenas de manuscritos amontonados. Comenté la abrumadora cantidad de originales que habían llegado y el gran trabajo que suponía leerlos todos. Entonces, mi amigo editor (o editora) me dijo que, en ocasiones, bastaba con leer un par de páginas para hacerte a una idea de cómo era el texto. Y, como ejemplo, me trajo uno de los originales y me invitó a echarle una ojeada (estaba firmado con pseudónimo, así que ignoro quién era el autor).

          Sólo leí un par de páginas, pero aquello era indescriptible. El texto carecía de la menor noción de sintaxis, y la puntuación se distribuía al azar. Las descripciones no es que fuesen mala, es que no se entendían. Los personajes hablaban como si fueran robots.

          Evidentemente, esa novela (?) no ganó el premio, y ningún editor en su sano juicio la publicará jamás. Sin embargo, su autor, convencido de que hay una confabulación mundial de editores en su contra, bien puede haberla autoeditado , y a lo mejor ese engendro está ahí, agazapado en Internet, a la espera de que algún insensato lo adquiera. Eso es lo que sucede cuando no hay filtros.

          Así pues, si alguna moraleja ha de tener este comentario, sería la siguiente: Con frecuencia es peor publicar antes de tiempo, que no publicar. Amigo escritor novel: como dije hace mucho, no intentes correr antes de saber andar, ni volar antes de dominar la carrera. No te desesperes por publicar, porque eso, en realidad, no es nada. Antes, preocúpate por aprender las técnicas y trucos del oficio de escritor. Y sólo entonces, cuando estés preparado, publicarás. ¿Y cómo sabrás que estás preparado? Pues cuando un lector experto (un editor, por ejemplo) te lo diga. Así de sencillo.

jueves, marzo 23

Escribir es mi trabajo


 
 
          Recientemente, un conocido bloguero ha publicado una entrada difundiendo enlaces de las más populares páginas dedicadas a la piratería de libros. Ha publicado eso, no porque sea un valiente Robin Hood que le quita a los pérfidos autores sus derechos para distribuirlos entre los pobres, sino para aumentar el tráfico en su blog y cobrar más por la publicidad. Lo mismo hacen las páginas pirata.

          El derecho a la propiedad intelectual fue un avance social (surgido en el siglo XVIII) que libró a los creadores de la tiranía de los mecenas y los editores+++, y de la apropiación de su obra por parte de cualquiera. Ese derecho fue posteriormente incluido en el artículo 27.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

          Quienes defienden la piratería suelen alegar que “Apoyar la cultura es compartirla”. Vale, no lo voy a negar. Pero hay que diferenciar entre “cultura” y “producto cultural”. Actualmente,  la cultura se comparte mediante la educación gratuita, las exposiciones, los museos o las bibliotecas públicas. Nada de eso daña los intereses de nadie, muy al contrario. Pero los productos culturales (libros, películas, cómics, música...) son otra cosa. Detrás de ellos hay una industria (cultural) y unos trabajadores. En el caso de los libros, están las editoriales y los autores. Pero también los editores, los traductores, los correctores, los diseñadores, los impresores, etc. Todos esos trabajadores tienen derecho a cobrar por su trabajo. En el caso de los autores, sólo cobran un porcentaje de las ventas, así que si su libro no se vende, no cobran nada (o muy poco en el caso de que haya anticipo).

          Si todo el mundo siguiera el ejemplo y la “filosofía” de los adalides de la piratería, nadie pagaría por un libro ni por ver una película. Las consecuencias son evidentes: las empresas culturales cerrarían, se perderían miles de puesto de trabajo, la mayor parte de los autores dejarían de escribir. Además, no se traducirían libros, con el brutal empobrecimiento cultural que eso conllevaría. Qué curioso eso de apoyar la cultura destruyéndola...

          De hecho, ya está ocurriendo. El 87’48 % de los contenidos consumidos el año pasado en Internet eran ilegales, lo que supone un perjuicio de 1.669 millones de euros al sector cultural. Y las cifras crecen año a año. Esto nos afecta a todos, y no solo a los creadores, pues las arcas públicas pierden anualmente, en concepto de impuestos, unos ingresos de casi 600 millones.

          Apoyar la cultura significa apoyar a los que la crean. No regalándoles nada, por supuesto; bastaría con respetar sus derechos legales. Soy escritor, ese es mi trabajo. Dedico ocho horas al día, cinco días en semana, a la creación literaria. Mi jornada es como la de cualquier otro trabajador. Porque escribir profesionalmente es un trabajo, duro y arriesgado. Algunos de mis libros han vendido muchos ejemplares, pero otras han vendido muy poquitos, hasta el punto de no compensar el esfuerzo y el tiempo dedicados. Pero lo asumo, es un riesgo que forma parte del trabajo. Jamás he pedido ninguna subvención, nada, ni un céntimo. Lo que gano es fruto de mi esfuerzo, del esfuerzo de muchas décadas, y de mi talento, sea poco o mucho. Creo, además, que mi trabajo es bonito; fomentar la lectura, hacer soñar a la gente, divertir al lector. No creo ser mala persona. Por eso, me entristece que haya gente dispuesta a arrebatarme mis derechos de autor. Pero quienes más me cabrean son aquellos que, encima, pretenden convencerme de que lo hacen por mi bien. Y una mierda; lo hacen para ganar, o ahorrarse, unas monedas. Lo hacen porque son unos mezquinos a los que, en el fondo, les importa un bledo la cultura.

jueves, marzo 16

Malvados y gilipollas



          En el anterior post hablaba del poder destructivo de la estupidez. Eso me ha recordado el Principio de Hanlon: “Nunca le atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la simple estupidez”. Y esa frase de Einstein que reza: “Solo hay dos cosas infinitas: la estupidez humana y el Universo. Y no estoy muy seguro de lo último”. Pero, claro, se puede ser las dos cosas a la vez: malo y tonto, la mezcla más explosiva que existe.

          Por ejemplo, poca gente está más en contra de la tauromaquia que yo. Pero si se ha de salvar una vida en esa fiesta bárbara, siempre preferiré que se salve la del torero, aunque su trabajo me parezca repugnante. Porque es un ser humano, y la vida humana es sagrada. De hecho, cuando critico las corridas de toros, suelo argumentar esto: que un espectáculo no puede basar parte de su atractivo en que un tipo ponga en riesgo su vida. Los taurófilos no lo entienden. Pero si nadie obliga a los toreros, alegan. Ah, bueno, si es por eso reinstauremos las luchas de gladiadores, porque siempre encontraremos a dos gilipollas dispuestos a matarse. A lo que iba: que estoy totalmente en contra de la tauromaquia: por el riesgo que supone para la vida humana, por el maltrato animal y porque es una horterada.

          Pues bien, cuando el año pasado murió a causa de una cogida el torero Víctor Barrio, las redes (a)sociales se llenaron de comentarios celebrando esa muerte. Por ejemplo: “Celebro la muerte de Víctor Barrio, cualquiera que ataque a un animal indefenso merece morir”. O: “Por qué lloran la muerte de Victor Barrio si el mismo se lo busco, aplauso al toro que antes de morir pudo deshacerse de esa escoria humana”. O (dirigiéndose a la viuda de Barrio): “La vida fue muy justa :) Tu marido recibió lo que se merecía. Debería ocurrirle a todos los cobardes, hijos de puta, como él”. En fin, un montón de comentarios de este tenor.

          Parece mentira que gente con, supuestamente, tanta sensibilidad para los animales, carezca totalmente de ella en lo que respecta a los seres humanos. Como dijo en un chat, respecto a esos comentarios, alguien apodado “Dios”: “Esto no es amar a los animales, esto es ser un hijo de puta”. ¿Es así? ¿Los que hacían eso comentarios festejando la muerte de una persona son malvados?  Bueno, sin duda son malos, porque hacían (decían) el mal. Pero creo que fundamentalmente son muy, pero que muy idiotas. En su pequeño cerebro las cosas son así: toro bueno, torero malo. Y ya está, no llegan más lejos. Se han convertido en fanáticos (animalista) porque el fanatismo sólo contempla una idea sin el menor matiz, y su cabeza es incapaz de albergar más de una idea y, por supuesto, ni el menor matiz. Son malos, pero sobre todo son tontos.

          Siguiendo con el mundo del toro, hace poco salió a la luz un niño de ocho años llamado Adrián. Resulta que el pobre chaval padece Sarcoma de Ewing, una variedad de cáncer especialmente maligna que le obligaba a una dolorosa quimioterapia. Además, Adrián quería ser torero. El caso es que el mundo taurófilo le hizo un homenaje, o algo así, y la historia de Adrián apareció en los medios de comunicación. Entonces las redes ¿sociales? se hicieron eco del asunto. Una tal Aizpea Etxezarraga dijo: “Yo no voy a ser políticamente correcta. Qué va. Que se muera, que se muera ya. Un niño enfermo que quiere curarse para matar herbívoros inocentes y sanos que también quieren vivir. Anda yaaaaa! Adrián, vas a morir”. Otro, llamado Manuel Ollero, dijo: “Qué gasto más innecesario se está haciendo con la recuperación de Adrián, el niño este que tiene cáncer, quiere ser torero y corta orejas”. Y añadió: “No lo digo por su vida, que me importa 2 cojones, lo digo porque probablemente ese ser esté siendo tratado en la sanidad pública, con mi dinero”.

          Deteneos un momento a pensarlo: Para desearle públicamente  la muerte a un niño de ocho años enfermo de cáncer ¿basta con ser mala persona? No, ni mucho menos: también hay que ser un soberano gilipollas. Porque los autores de esos comentarios fueron detenidos y están acusados de incitación al odio, o algo así. Es decir: hicieron daño a otros y a sí mismos; el más alto grado de estupidez que se puede alcanzar, según definía Carlo M. Cipolla en su famoso ensayo Allegro ma non troppo. En el caso de Manuel Ollero, cuando vio que sus comentarios se habían hecho públicos, canceló su cuenta de Twitter intentando escurrir el bulto. Menuda joya: malo, bocazas, tonto y cobarde.

          En resumen: El mal es malo (menuda perogrullada); pero el mal unido a la estupidez es mucho peor.